Mi historia de seductor, como la historia de muchos otros, empieza de manera triste. Tenía una muy tierna edad cuando estaba saliendo con una chica deseada por todos. Atractiva, muy sensual y con una fuerte y marcada personalidad, lo que contrastaba con mi más que visible falta de encanto, físico y personalidad maleable. Toda una paradoja de pareja. Inocente de mi que me veía en la cima la montaña del éxito, pensando que había encontrado una mujer perfecta al mismo tiempo que poseía admiración y envidia a partes iguales de mis compañeros.
Tuvo que llegar el día de San Valentín, tras seis meses de relación, cuando ella decidiese abandonar nuestra andadura. Tras 180 días de relación sigo sin entender porqué no pudo soportar uno más. Sus palabras exactas fueron “necesito estar con más personas para sentirme bien”. La noche acabó con una triste y desoladora postal. Yo, con la única compañía de una rosa devuelta, herido en una noche fría, en medio de la plaza del ayuntamiento de Valencia.
Aquella misma noche me hice la promesa que jamás volvería a pasar por lo mismo.
Pasó el tiempo y las hormonas empiezan a causar estragos en el organismo. Las chicas dan estirones al mismo tiempo que les crecen bultos y salen curvas donde antes no había nada, los chicos sufrimos de ataques de acné rebelde y empezamos a interesarnos por otras cosas aparte del fútbol. En mi caso, como ya partía de una base física bastante pobre, el cambio solo podía ir a mejor, lo que me facilitó mi cruzada por convertirme en una persona con marcada personalidad, blindado frente a rupturas y de éxito con las mujeres.
Reconozco que dicha aventura comenzó como venganza contra el género femenino. Quería tener control sobre las mujeres, las que consideraba responsables del daño que sufrí en algunos rechazos amorosos de mi infancia, pero poco a poco me fui dando cuenta que la única culpa era mía. Desconocía las normas del juego e iba conociendo gente que no solo las controlaba, sino que las rompía o creaba unas nuevas. Durante mi época de adolescente rebelde fui adquiriendo conocimientos propios sobre la seducción por medio de mis fracasos y aciertos, ensayo y error, así como de amigos y gente que me rodeaba. Los veranos en Alicante eran mi particular campo de juego en el que sacaba todo mi potencial e iba convirtiéndome en un auténtico cazador de féminas.
Así fue mi evolución, hasta mi traslado a Murcia, donde conocí a uno de mis mejores amigos, con el que hoy sigo viviendo aventuras y desventuras, con el que comparto una visión del juego muy similar y con una personalidad muy parecida a la mía. Juntos, empezamos a escalar posiciones en el ranking de ligones de la ciudad. Actuando como equipo, íbamos dejando atrás otras “amistades” que nos supusiesen lastres o nos desestabilizasen de cualquier manera. Nuestras conquistas crecían y la fama y reputación de golfos nocturnos se propagaba como la pólvora.
Aún así, no estaba satisfecho, necesitaba más. Conocía “unas reglas” que bien me servían, pero sabía que había una “liga superior”. Empecé a buscar información y así di con el libro “El Método” de Neil Strauss. Lo leí y releí una y otra vez, incrédulo ante lo que en aquel entonces pensaba que era imposible. Quise informarme y saber si en España había algo remotamente parecido, y así era, existía. La Comunidad. No dudé en ponerme en contacto con algunos de los miembros que vivían cerca de mi. Dio la casualidad que este grupo era de los más sólidos y unidos del país. Debía ser cosa del destino. Salí con ellos una noche, me gustó, nos caímos bien, y desde entonces hemos salido todos y cada uno de los días que hemos podido, disfrutando de anécdotas e historias increíbles, consiguiendo formar parte de una hermandad con la que comparto una importante parte de mi vida.
Ingresé en un conocido foro de Internet, uno de los más reputados de La Comunidad, donde al principio planteé mis dudas, hasta que tiempo después era yo quien las resolvía, con lo que debí llamar la atención ya que fui invitado a formar parte de la élite. Dentro de La Comunidad tuve la suerte de cimentar fuertes amistades con algunos de los más grandes, ahora considerados compañeros y hermanos, de los que he aprendido miles y miles de técnicas, gestos y guiños que he ido interiorizando y con los que he recorrido el país conociendo todo tipo de mujeres y superando retos. Toda una evolución que me ha llevado a ser un miembro reconocido y respetado de esta realidad, capaz de cambiar tu vida, de orientarla y llevarla hacia una bifurcación donde tu eliges en qué te quieres convertir.
Actualmente soy todo lo que siempre quise ser.
Mike
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